27 Diciembre 2011

La fiesta y la danza, unidas desde el comienzo de los tiempos del hombre, tienen una base común: la organización del caos.
Sabemos que la primavera sigue al invierno, que el sol vuelve a salir todas las mañanas. Que si sembramos en primavera, cosecharemos en otoño. Pero en una sociedad pre-científica estos acontecimientos no eran obvios y los hombres intentaban hacer algo para que sucedieran y cuando sucedían se debían dar las gracias a quien correspondiera por haberlo hecho posible. Por lograr que el orden cíclico derrotara al caos.
La fiesta organiza el caos social y la danza organiza el caos del cuerpo. Se hace un paréntesis en el flujo indistinto de la cotidianeidad y se introducen elementos extraordinarios en el espacio ordinario. La cultura equivale a represión que cuando no encuentra un camino de salida produce una ruptura necesaria y la sociedad estalla en fiesta. Se establece un caos controlado que permite el exceso, el derroche, el desenfreno, la inversión del orden establecido. La forma en que se organiza la fiesta es el ritual, que marca límites, ritmos y formas – una coreografía preestablecida. En consonancia con los ciclos naturales las fiestas marcan y dan sentido al transcurrir.
Cada grupo de pertenencia tiene una forma y estilo propios que unen al grupo hacia adentro y lo diferencian del afuera. Lo común a todos es la participación de la comunidad. Cada individuo, familia, clan, tiene un lugar y una misión predeterminadas. La religión, otro aspecto de la organización social, es quien da significado y preserva (o cambia) el ritual. En el mundo pre-monoteísta la danza fue siempre parte de la celebración. Pero las tres religiones monoteístas tienen una relación compleja con el cuerpo y por ende con la danza. A lo largo de sus historias, la danza formó parte del ritual, después fue expulsada del espacio sagrado, escondida en el ámbito familiar y sobre todo genéricamente segregada: mujeres bailan entre mujeres, hombres entre hombres.
Como consecuencia de esto la celebración religiosa perdió a la danza. Pero ésta se fue infiltrando nuevamente en procesiones católicas, en el misticismo musulmán sufí (los derviches giradores) o el misticismo judío - hasidismo (bailes con la Torá). Parece que para sentir una vivencia trascendental no alcanza con decir, comer, beber o tocar: es necesario bailar. El movimiento o la inmovilidad, el ritmo y la repetición, los gestos que acompañan la plegaria: los católicos de rodillas y con las manos unidas, los musulmanes permanecen de pie, luego se inclinan y después se prosternan, colocando la frente sobre el suelo en dirección a la Meca, los judíos oran de pie, meciéndose hacia delante y hacia atrás.
En el juego de escondite que la danza ha jugado con la religión, que es a su vez las incontables batallas contra el cuerpo, la danza parece haber ganado.














