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La idea la tuvo mi prima Regina, que siempre está al hilo de lo que se lleva. Este año le toca ecología y anti-consumo.

Tiró los Ikea del salón y los sustituyó por sofás hechos de envases de yogur o algo así. Para las fiestas nos propuso juntar todos los vestidos y trapos de gala que no usásemos y hacernos vestidos de fiesta reciclados.
Es increíble la cantidad de ropa que se esconde en cada armario. Hasta que llegaron las chicas pensé que era un problema personal, pero cuando comenzaron a sacar lo que habían traído me di cuenta que era general. Al principio nos quedamos mirando aturulladas la abundancia, pero al cabo de unos segundos nos abalanzamos y la habitación se llenó de mujeres en bragas vistiéndose y desvistiéndose y peleando por cada centímetro cuadrado de espejo.
Mi primera gran satisfacción fue ver que el vestido rojo que compré ilusionada y deseché decepcionada cuando me vi en el espejo de mi armario, que no perdona, le quedaba a Silvia tan mal o peor que a mí. Son esos pequeños placeres que depara la vida. La mayor aportación al montón fue la de las gemelas Loli y Tere que habían hecho danza oriental y al mismo tiempo lo dejaron por maternidad: trajeron al evento una montaña de velos, faldas, pantalones, sujetadores llenos de pedrería y demás gajes del oficio.
Fue divertido, y al cabo de varias horas salimos hechas un sueño (en algunos casos una pesadilla) oriental. Cuando llegamos a la cena familiar así ataviadas, progenitores y progenie nos contemplaron boquiabiertos y las respectivas parejas dijeron que así vestidas no nos llevaban a ninguna parte. De modo que nos armamos el baile en casa y estas fiestas fueron un verdadero chollo.

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